No hace mucho que cayó en mis manos Las Aventuras de Cavalier & Klay, una deliciosa novela del ganador del Premio Pulitzer Michael Chabon, la historia de un par de dibujantes de historietas durante la llamada Edad de Oro de los comics. Aparte de un libro de esos que enganchan, de una historia fascinante con una soberbia creación de personajes complejos con los que terminas identificandote, Cavalier & Klay es también una declaración de amor a los tebeos. Por esta razón, y aprovechando que películas como X-Men 2, Daredevil o The Hulk vuelven a poner a los comics en el candelabro ese, aprovechamos para incluir un fragmento de la novela que es toda una revindicación de Michael Chabon a la literatura escapista en general, y de los comics en particular...

TRIBUTO A LOS COMICS
(Un extracto de Las Aventuras de Cavalier & Klay)

Capitán MarvelAunque todo el mundo los veía como basura [...], Joe amaba sus comics: por su separación de colores tosca, por su papel mal cortado, sus anuncios de rifles de aire comprimido, de clases de baile y de cremas antiacné, por el olor a sótano que despedían los másviejos, los que habían estado guardados durante los viajes de Joe. Por encima de todo, los amaba por los dibujos y las historias que contenían, por las elucubraciones de 500 niños mayores soñando durante 15 años con todas sus fuerzas, convirtiendo sus inseguridades y engaños, sus educaciones públicas y sus perversiones sexuales, en algo que solamente la sociedad más cegata podía negar que se trataba de arte. Los comis habían mantenido su cordura durante su estancia en el pabellón psiquiatrico de Guantánamo. Durante todo el otoño y el invierno siguientes a su regreso al continente [...] lo único que le había ayudado de una vez cpor todas a vencer su necesidadde morfina fueron 10000 cigarrillos Old Gold y un montón de Aventuras del Capitán Marvel (incluyendo la increible lucha épica de 24 meses entre el Capitán y una oruga telepática empeñada en conquistar el mundo llamada Mr. Mind).

Betty y VeronicaDespués de perder a su familia, a los amigos y rivales de su juventud, a su querido maestro Bernard Kornblum, su ciudad, su historia -su hogar- a Joe le parecía que la acusación habitual que se hacía a los comics, el hecho de que se ofrecía una evasión fácil de la realidad, era en realidad un poderoso argumento a su favor. A lo largo de su vida se había escapado de cuerdas, cadenas, cajones, sacos y cajas, de esposas y grilletes, de países y regimenes, de los brazos de una mujer que lo amaba, de un avión estrellado y de su adicción al opio y de todo un continente helado decidido a acabar con su vida. La evasión de la realidad era, en su opinión, -sobre todo después de la guerra- un desafío que valía la pena. Durante el resto de su vida recordaría la media hora de paz que había pasado leyendo un ejemplar de Betty y Verónica encontrado en los lavabos de una estación de servicio: tumbado con el comic a los pies de un abeto, en un bosque iluminado por los rayos sesgados del sol a las afueras de Medford, Oregon, completamente absorto en aquel mundo de colores primarios lleno de chistes malos, trazos gruesos de tinta, farsa shakespeariana y del misterio profundo, casi oriental, de las dos chicas-diosas de cintura de avispa y dientes grandes, siempre enredadas en su amistad teñida de animadversión. En aquella época le acompañaba el dolor de su pérdida [...] como una bola fría y lisa alojada en su pecho, justo debajo del esternón. Durante aquella media hora pasada a la sombra de los pinos de Oregón, leyendo Betty y Verónica, la bola de hielo se había derretido sin que el se diera cuenta. Aquello si que era magia, no los engaños del tipo con sombrero de copa que hace desaparecer cartas, ni los trucos arriesgados y brutales del escapista, sino la magia genuina del arte. El hecho de que semejante hazaña de evasión, nada fácil de ejecutar, tuviera que soportar un desprecio tan universal, era una señal de lo hecho polvo y arruinado que estaba aquel mundo.


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